GUARDANDO LA SANTIDAD Por Fabian Lourenzo (Viedma-Río Negro)

2 Timoteo 1:14, 2:4
        Mateo 6:8,9; El Padre nuestro proyecta una mirada hacia arriba, poniéndonos frente a frente con el trono del Padre que mora en los cielos; al elevar nuestra alma hasta la presencia de Dios, nos encontramos allí con una de las más distinguidas características de su persona. “LA SANTIDAD”.
El llamado a santificar el nombre de Dios va en armonía con innumerables referencias a la santidad de Dios, tanto en el antiguo como en el nuevo testamento.
LA SANTIDAD RESIDE EN LA NATURALEZA DE DIOS;  es esa característica propia lo que lo hace permanecer absolutamente apartado del pecado, Dios, como afirman y reafirman las escrituras, “ES SANTO”. El profeta Isaías escucho y tradujo para nosotros el canto que los serafines entonan en la corte celestial, dicho coral anuncia que Dios es tres veces Santo. Isaías 6:3
Mucho hablamos acerca del “amor de Dios”, y al hacerlo decimos bien y hablamos la verdad, pero para perdida nuestra es muy poco lo que hablamos acerca de su Santidad. No dudamos ni por un segundo en que “Dios es amor”, esta verdad se encuentra plasmada en toda la escritura, y el apóstol  Juan lo expresa literalmente en 1 Juan 4:8, “Dios es amor”, pero conviene fijarnos que las escrituras no registran el trilogo “Amor, amor, amor”,  pero sí el de “Santo, santo, santo”, esto es de suma importancia y debemos considerarlo detenidamente.
El valor práctico que tiene para nosotros este atributo de Dios, la Santidad, nos lleva a pensar no solamente en lo que El es, sino también en lo que nos demanda, pide el más estricto deseo de  santidad en procura de agradarle, sin duda es un requerimiento ineludible para aquellos que llevamos su nombre. “La Santidad es uno de los atributos comunicables de Dios, y sus hijos deben absorberlo a través de sus continuos contactos con El”. Juan 17:17.
        Éxodo 3:5, Josué 5:15; llegarnos a la presencia de Dios demanda Santidad, no es casualidad que tanto a Moisés como a Josué dos elegidos por Dios para guiar a su pueblo, los haya hecho descalzar en su presencia como muestra del requerimiento primordial que exige la Santidad de Dios, despojarnos de todo aquello que es del mundo, que nos contamina y afecta nuestra comunión con Él; Hebreos 12:1 “…despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia…”; la Palabra nos proporciona el remedio llevándonos al conocimiento de la Santidad de Dios, y a mostrarnos sus demandas.
“Sin Santidad no hay comunión sin comunión no hay acceso a su presencia.”
Dios demanda Santidad en el Antiguo testamento a Israel, su pueblo terrenal, Levítico 19:2, y la demanda se renueva en el nuevo testamento a su pueblo celestial, la iglesia, 1 Pedro 1:15-16.
En otra declaración el apóstol Pablo, en su carta a los Hebreos 12:14; les insta a, “Seguid la paz con todos y la Santidad, sin la cual nadie verá al Señor”, tan importante es la Santidad personal que su deficiencia constituye una falla relacional de tal magnitud, que puede llegar a robarnos el éxtasis mismo de ver al Señor y las puertas del cielo abiertas ante nuestras oraciones y encuentros con El; al mismo tiempo puede transformarse en un velo que impide que otros puedan ver y llegar al conocimiento del Señor por medio de nuestro testimonio; no le podremos ver nosotros, mucho menos los demás a través nuestro.
        En el Salmo 93:5 nos dice: “La santidad conviene a tu casa”, cuando oímos la expresión “conviene” inmediatamente la vinculamos a alguna conversación de negocios, o a algún proyecto de inversión a futuro, sea lo que sea estamos escuchando acerca de algo que nos conviene, que merece la pena involucrarse y hacer el esfuerzo que fuere necesario; si estamos dispuestos a hacerlo en cosas terrenales y pasajeras, cuanto más deberíamos hacerlo en lo celestial y eterno.
El salmista comprende este requisito de Santidad y lo expresa de la siguiente manera; Salmo 66:18 “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” , podríamos sin duda atribuir esta expresión a su propia experiencia y convicción de pecado, pero justamente porque la Palabra es útil para redargüir, es decir mostrarnos aquello que ofende a Dios es su carácter y requisito de Santidad, ¿porque repetir la desagradable experiencia en nosotros mismos?; asimilemos la enseñanza  y “Acerquémonos, pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”, Hebreos 4:16.
Quedamos entonces debidamente advertidos, sobre nuestro sagrado deber de reflejar en nuestra vida privada y publica el carácter Santo de Dios.
Debemos separarnos de todo aquello que contamina, todas aquellas cosas con las que a diario convivimos, deseos, pasiones, y obras de la carne, de no poner control y freno a esto; la pérdida de comunión solo será el principio de las tremendas pérdidas  que puedo estar acarreando para mi vida.

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