ADRIAN MONTES

NUESTRA VICTORIA EN CRISTO …Por Adrián Montes (Bahía Blanca- Bs As)

El 11 de noviembre a las 11 horas de 1918 culminó oficialmente la Primera Guerra Mundial (día 11, mes 11 a las 11 horas). La crueldad de los hombres había llegado a extremos nunca vistos hasta entonces. Participaron todas las grandes potencias de la época. Setenta millones de militares fueron movilizados y murieron nueve millones de combatientes. Por ello, aquel 11 de noviembre, fue un día de grandes festejos. Pero un dato curioso demuestra la insensatez de los hombres. El armisticio fue firmado a las 5 de la mañana de aquel día. En el mismo las potencias derrotadas se comprometían a retirar sus hombres de los territorios ocupados. No obstante, hasta las 11 de la mañana continuaron los combates. Aquellos soldados que murieron durante el transcurso de esas 6 horas fallecieron por nada, dado que la guerra ya había sido resuelta. Más tarde, este hecho, motivaría diversas investigaciones. La pregunta era obvia ¿Por qué los generales que sabían que la guerra ya había culminado siguieron mandando a sus hombres al combate? Pero, claro, ¿Quién se atrevería a cuestionar a los comandantes que llevaron a sus ejércitos a la victoria? Lógicamente, durante esas horas no murió ningún oficial de alto rango.
Muchas veces nosotros mismos podemos hallarnos luchando en una guerra cuyo resultado ya ha sido acordado. En la primera epístola de Juan hallamos un texto que ha de servir como base al presente estudio: “Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Jn. 5:4-5).

Enemigos derrotados:

SunTzu, fue un famoso general chino que vivió entre los años 544 a.C. a 496 a.C. y escribió un manual de estrategia militar conocido como “El Arte de la guerra”. Allí señaló: “Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo; en cien batallas, nunca saldrás derrotado. Si eres ignorante de tu enemigo pero te conoces a ti mismo, tus oportunidades de ganar o perder son las mismas. Si eres ignorante de tu enemigo y de ti mismo, puedes estar seguro de ser derrotado en cada batalla”. La Biblia nos advierte acerca de enemigos concretos que atentan contra nuestra vida de comunión y servicio al Señor: “Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Jn.2:16). Hay un enemigo externo: “el mundo” que cuenta con tres aliados que pujan en nuestro interior: “los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida”. Conocer al enemigo así como sus medios nos brindará las herramientas para la victoria. Un triunfo que no es nuestro sino de Cristo.
El mundo, en este caso, no es el planeta sino un sistema perverso organizado y direccionado por Satanás. Él es llamado el “príncipe de este mundo” (Jn.12:31). El apóstol Pablo indicó: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Efesios 2:1-2). Según este texto, todos alguna vez vivimos dominados por el pecado influenciados por:

  1. La corriente de este mundo. El pecador se encuentra cómodo entre sus pares. Siguiendo las modas y conductas del momento. Sin hacer demasiados cuestionamientos a la sociedad que le rodea. Los periodistas, por ejemplo, son capaces de hacer un correcto análisis de las cuestiones políticas y sociales pero a su vez muchas veces promueven conductas que la Biblia califica como pecado.
  2. Conforme al príncipe de la potestad del aire. Esta frase indica que el ámbito de acción de Satanás y sus demonios es este mundo. Su intención ha es clara. El Señor la describió diciendo que el pretende “Robar, matar y destruir”. La acción del Espíritu Santo y la presencia de la auténtica iglesia de Cristo refrena la maldad (2 Tes.2:7). Pablo presenta entonces un cuadro terrible. Los incrédulos están siendo influenciados y conducidos por la presencia malévola de Satanás y sus demonios. Estos son los auténticos promotores del pecado. Capaces de crear un sistema, una corriente, una atmósfera moral, que pervierte a la humanidad y la destruye. Ellos están detrás de la codicia, la maldad, la inmoralidad, los crímenes, las herejías, toda forma de violencia, la hechicería, las drogas, la mentira, y las armas. Ahora bien, su acción no niega ni anula la responsabilidad del hombre ante el pecado.
  3. El espíritu “que ahora opera en los hijos de desobediencia”. Esta expresión es consecuencia de la anterior. Satanás está obrando, dominando a los incrédulos. Viendo este principio detenidamente encontraremos que, en primer lugar,  puntualiza que su acción se limita al presente (ahora). Esto indica que habrá un momento cuando tal influencia cesará. La Biblia enseña que finalmente Satanás será derrotado y castigado por la eternidad por su maldad. En segundo lugar la expresión también apunta a la responsabilidad humana ya que califica a los incrédulos como “hijos de desobediencia”. El hombre se ha rebelado contra Dios y consciente o no se somete a una esclavitud denigrante, destructiva y maligna. Rechaza a Dios y se entrega al pecado. Un dicho español dice: “Quien le da las espaldas a Dios le da la cara al diablo”.

Es menester recordar que los hermanos que integraban la iglesia a la cual dirigió estas palabras eran de origen gentil. Aislando el texto de su contexto, podríamos llegar a pensar que Pablo está diciendo a los gentiles: “Uds. vivían de esa manera”. Los judíos menospreciaban a los gentiles descalificándolos constantemente. No obstante, Pablo no se excluía de semejante realidad ya que renglón seguido agrega: “entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Ef.:3). Ni los inmorales paganos ni los rigurosos judíos estaban exentos de esta situación. Esto, desde ya, estas palabras están en plena concordancia con las Escrituras: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23).
Estos versículos de la epístola a los Efesios también agregan un concepto más y el mismo es que los creyentes han sido salvados de semejante sistema perverso. La frase que ahora nos interesa es la primera: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo”. Observamos tres verbos y todos en pasado: “dio, estabais, y anduvisteis”. Del primero de ellos dependen los dos restantes. Es decir, si Dios no nos hubiese dado vida en Cristo aún estaríamos viviendo y andando según nuestros delitos y pecados. La realidad del creyente es totalmente distinta a la del incrédulo. Hemos sido librados del pecado y del sistema mundano que Satanás comanda. ¿Significa esto que el creyente ya no puede incurrir en el pecado? No, el apóstol Pablo reconoció esta lucha personal y constante contra su pecado personal (Ro.7:14-25) pero a su vez añadió: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. Esta posibilidad no es una licencia para pecar ya que Pablo agrega: “los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Ro.8:1). Por tanto, en Cristo es posible obtener la victoria sobre el pecado coincidiendo de este modo por lo argumentado por el apóstol Juan (1 Jn. 5:4-5). Cuando luchamos contra el  pecado nos hayamos como aquellos combatientes de la primera guerra mundial, peleando cuando la guerra había concluido. En Cristo tenemos la victoria.

Derribando murallas:

En la antigüedad, la mejor defensa contra un ejército invasor era una gran muralla. Cuanto más alta y fuerte fuera la muralla, más segura sería la ciudad. Esto fue válido hasta la invención de las armas de fuego. La pólvora fue inventada en china e inicialmente fue utilizada para los fuegos artificiales. Con el correr del tiempo se le encontró una aplicación militar. Así se crearon las primeras armas de fuego y estas se utilizaron para destruir los muros defensivos de las grandes ciudades. Las murallas pueden ser destruidas. El apóstol Pablo indicó: “porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (1 Co. 10:4-5). El apóstol Pablo indica en este versículo que ante la Palabra de Dios, los hombres se refugian en auténticas fortalezas cuyos muros no son de piedra sino de todo tipo de argumentos e ideas. Ante cada afirmación bíblica encontraremos un muro de argumentos opuestos. Pero Pablo conocía la pólvora. Veamos algunos principios puntuales:

  1. La armas de nuestros enemigos son explicaciones o argumentos que no se fundamentan en la verdad porque esta, desde ya se encuentra únicamente en la Palabra de Dios. No existe argumento que pueda oponerse a la Palabra de Dios. Es más, es posible haya quien rechace con persistencia la Palabra de Dios aferrándose a la “seguridad” que le brinda su ideología o filosofía de vida. No obstante, un día será confrontado por Dios ya que el Señor dijo: “El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero” (Jn. 12:48). Entonces no habrá argumento que pueda contradecir la autoridad de Dios y de su Palabra.
  2. En segundo lugar el apóstol debela la fórmula de la pólvora para que nosotros podamos defendernos: “las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios”. No combatimos a las ideas opuestas con argumentos surgidos de nuestra imaginación sino a través por medio del poder de Dios. Pablo está indicando que ante un problema de índole espiritual la respuesta debe ser espiritual.

Los historiadores discuten sobre cuando se utilizaron los primeros cañones para atacar a las ciudades amuralladas. Bien podemos imaginar la sensación de seguridad que sentían los habitantes de una gran ciudad. No había ejército que pudiera destruir las murallas, pero entonces, un atronador ruido, seguido por otro y otro. Burdos proyectiles redondos de hierro o piedra golpeaban los muros, haciendo mella en los mismos. De pronto, parte del gran muro se derrumbó y el ejército invasor ingresó en la ciudad. Aquella sensación de seguridad culminó drásticamente. Del mismo modo,  los argumentos más poderosos de los hombres se levantan son como tremendas murallas pero de pronto, la luz del evangelio puede derribarlas tal como la bala de un cañón.

Conclusión:
Hemos considerado dos aspectos propios de la vida cristiana. Por un lado notamos  que, en relación al pecado, en Cristo tenemos asegurada la victoria. El mayor problema de los Israelitas durante su marcha a través del desierto no fue la escases de agua, la falta de alimentos o los potenciales enemigos. Fue Dios quien se encargó de protegerlos y cubrir sus necesidades básicas. Su mayor dificultad fueron ellos mismos y su tendencia a adoptar los ídolos que habían conocido en Egipto. Su propio pasado, su tendencia al mal fueron su principal obstáculo. No lo juzguemos porque nuestra lucha y tendencia es la misma. Ante tales batallas recordemos que en Cristo tenemos la victoria.
En segundo lugar hemos visto que los hombres levantan fortalezas argumentales para defenderse de la Palabra de Dios. Tales muros no son indestructibles sino, por el contrario, recordemos que contamos con la poderosa acción de la Palabra de Dios y la obra iluminadora del Espíritu Santo.
Estos son dos aspectos fundamentales propios de la vida cristiana. Por un lado las herramientas necesarias para vencer al pecado y por otro los medios necesarios para testificar. Por tanto tenemos la posibilidad de anunciar la salvación a través de nuestros hechos y a través de nuestros dichos. En tanto que estemos aquí, esta es nuestra misión, esta nuestra oportunidad.